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Publicada en Revista Noticias - 21 de Agosto de 2004 - Nro. 1443

SOCIEDAD
La psicosis y la violencia

Por qué el estado de vulnerabilidad es anterior a la ola de delincuencia. Los medios, los miedos, el mensaje y el rating.

Por Jorge Giacobbe
Presidente de
Jorge Giacobbe & Asociados





Visto que al parecer tendremos que convivir durante un largo período con la inseguridad reinante, quizás fuera provechoso que, en orden a mejor entender lo que nos sucede y lo que aun puede sucedernos, hagamos un esfuerzo por precisar los conceptos.

La inseguridad que azota a los argentinos no proviene sólo del delito, aunque ese ítem sea hoy su condimento más atemorizante y concreto.

Sólo analizando el período histórico iniciado a fines de 1983, puede afirmarse que mucho antes de estallar el desmadre delictivo que vivimos nuestra sociedad ya era insegura.

Para los ciudadanos comunes, la Argentina se tornó insegura cuando se aniquiló el trabajo; cuando a fuerza de fallos absurdos nos dimos cuenta de que la justicia no era tal; cuando el hambre, la desintegración familiar y la multiplicación de hogares monoparentales, convirtieron las escuelas en depósitos de niños; cuando descubrimos que la droga campea con tanta naturalidad como el yogur descremado; cuando, de relato en relato, nos convencimos de la connivencia entre policía y delito; y cuando, de turno a turno, la dirigencia revela su ineptitud para resolver los problemas que dice estar preparada para resolver. Ahí caímos en la cuenta de que estábamos sobre un empinado tobogán.

Estas, y otras comprobaciones nos condujeron hacia los miedos, la inquietud y el pánico que más del 90% de los encuestados aseguran padecer hoy en día.

Incluso sin necesidad de referirse a secuestros y asaltos, una parte de la población tiene miedo a perder el trabajo y otra a no volver a encontrarlo. Los jóvenes universitarios temen no poder vivir dignamente de sus saberes, las madres tienen miedo por sus hijos mayores al ir a bailar, y por los menores al jugar en la vereda, los abuelos por el destino que avizoran para sus descendientes; y muchos trabajadores, con sueldos insuficientes, temen no poder afrontar sus responsabilidades aun trabajando; no hace falta describir el miedo de miles de madres a perder el magro plan “jefes y jefas” que las ampara, ni el temor de los responsables de los comedores infantiles a que pudieran cancelarse los subsidios que los sostienen. A diferencia de otras etapas, y casi exclusivamente debido a los miedos, son ahora empresarios quienes están pensando en abandonar el país.

En paralelo, cierta mezquindad de la dirigencia política agrega incertidumbres. Por ejemplo: ¿Tiene derecho el gobierno a no comunicarnos su plan estratégico? ¿puede someternos a tener que adivinarlo cada mañana? Muy por debajo de la responsabilidad que se le confiere a un presidente, a ningún gerente general de empresa del planeta se le toleraría no informar a los accionistas que hará, o hacia donde dirigirá la empresa que se le encomienda. ¿Por qué razón creerán los gobernantes que tienen ese derecho?
En realidad, el hecho de que el plan de acción de un gobierno fuera bueno o malo a juicio de una parte de los ciudadanos, no es lo sustantivo de este tema. Un plan de acción debidamente explicitado, y con orientación hacia un rumbo determinado, al menos permitiría adaptarse a él, aun estando en desacuerdo. Permitiría organizar energías hoy desconcertadas, imaginar a qué atenerse, programar, facilitar y promover decisiones, viabilizar consensos, etc.

Lógicamente entonces, sobre un escenario ya resbaladizo originado en miedos e incertidumbres previas, la explosión del delito exasperó nuestros temores.

Cuando los lazos de confianza y la institucionalidad de una sociedad languidecen, suele sobrevenir una especie de psicosis que en muchos casos confunde y suma miedos potenciales a los miedos reales, y ese circuito pernicioso culmina aterrorizando a las personas. Un autor reconocido internacionalmente señala que, “cuando a las sociedades no las unen sus proyectos las unen sus miedos”. ¿Decidimos de la misma forma cuando estamos seguros que cuando estamos atemorizados? ¿Pensamos con igual lucidez? ¿Tenemos las mismas posibilidades de acierto y error? El miedo, ¿condiciona o no nuestra libertad de elección?

Aun en zonas del país donde los encuestados aseguran que el nivel del delito no ha cambiado respecto del pasado, ya nadie deja abierta la puerta de su casa ni las llaves colocadas en el auto. El miedo lo inunda todo, ocurra o no aquello que se teme.

Los medios de difusión han hecho mucho por extender las fronteras del miedo. En algunos casos motivados por una sana intención de advertencia. De ahí que, por ejemplo, gracias a ciertas crónicas policiales, hoy a nadie se le ocurriría tomar un taxi detenido frente a la puerta de un banco.
En otros casos, vender miedo puede ser solo un vehículo eficaz para disputar el rating, una conducta perniciosa que potencia la crispación de la opinión pública.
Las noticias sobre violencias locales, al universalizarse sin un marco de análisis que las contextualicen, impactan en otras geografías, provocando distorsiones y sensaciones de vulnerabilidad sobre millones de personas, aunque éstas no compartan el sistema de vida de los habitantes de los grandes centros urbanos.
A raíz de la profusión de miedos potenciales, los psicólogos destacan, dentro del mapa de las patologías vigentes, la notable presencia de ataques de pánico y crisis de angustia. En este tráfico de imágenes de la violencia, un habitante de Buenos Aires se angustia por las imágenes de Irak e imagina que su nación también podría estar en riesgo de ataque. En otro lugar, el habitante de un pequeño pueblo argentino, junto con las mismas imágenes sobre Irak, recibe las de la inseguridad en Buenos Aires, y entonces se siente amenazado por la guerra y por la delincuencia.
¿Cuánto tienen que ver con esto los medios?, mucho más de lo que se reconoce. Pero esta discusión recién está asomando.
En verdad, si lo pensáramos bien, lo que está ocurriendo era previsible. Hipotecamos nuestro país en 180.000 millones de dólares al mismo tiempo que el 60% de su población era dirigida hacia la pobreza. Lo que vivimos es una desgraciada consecuencia de ese dislate.

Ante una situación tan delicada en la que todos nos sentimos en riesgo, sólo queda esperar que no reiteremos errores ya cometidos. No cedamos a la vieja tentación de dividir a los ciudadanos en falsas discusiones que, además, podrían resultar funcionales a los culpables reales.

Si por histórica ceguera, o por ligereza al opinar, volviéramos a vestir a las víctimas de victimarios, si cayéramos en la trampa de discutir las opiniones de las víctimas antes que preocuparnos por el silencio de los responsables, en algunos ambientes oscuros los victimarios volverían a descorchar champagne entre carcajada y carcajada. (volver al índice de publicaciones)

Respecto de la Inseguridad en la Provincia de Buenos Aires
Encuesta de opinión - GBA e Interior - 1503 casos - Páginas 19 - Julio de 2004

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Respecto de la Inseguridad
Encuesta de opinión - Capital Federal - 1000 casos - Julio de 2004 - En Formato Word